La revancha de Samuel Huntington
La idea de un «choque de civilizaciones» no era errónea; simplemente era prematura
Nos encontramos ante un punto de inflexión en las relaciones internacionales tan decisivo como los de 1989, 1945 o 1919: un auténtico acontecimiento generacional. Como entonces, el derrumbe del orden liberal internacional surgido en los años noventa abre una etapa en la que esperanza y temor se entrelazan, mientras las viejas certezas –tanto las reconfortantes como las inquietantes– se desvanecen. En momentos así, los oportunistas carismáticos suelen eclipsar a los gestores competentes.
En cada uno de esos puntos de inflexión previos, el viejo orden había ido resquebrajándose lentamente antes de desplomarse de golpe. Aunque no siempre resultara evidente para sus contemporáneos, en retrospectiva podemos ver que el nuevo orden destinado a reemplazarlo llevaba mucho tiempo gestándose. En 1919, por ejemplo, la proscripción de la guerra y la creación de un parlamento de naciones figuraban desde hacía décadas en el debate político; en 1918, el presidente estadounidense Woodrow Wilson incluso había propuesto la «autodeterminación nacional» como requisito para el reconocimiento de un Estado (aunque reservada, en la práctica, a las naciones de liderazgo blanco). En 1945, la idea de una Sociedad de las Naciones reformada con un consejo de seguridad eficaz se había perfilado ya desde 1942, aunque la aparición del arma nuclear al final de la guerra alteraría por completo los cálculos estratégicos y allanaría el camino hacia la Guerra Fría. Y antes de 1989, la noción de un orden internacional universal «liberal» o «basado en reglas» como alternativa a las pugnas Este/Oeste y Norte/Sur ya era parte del debate desde la década de 1970.