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El juicio contra Vladímir Putin ya ha comenzado

En Rusia, a los vencedores no se les juzga. Pero a quien tropieza le espera una suerte bien distinta, escribe Alexander Baunov

Meduza, Rusia
Portada del artículo: El juicio contra Vladímir Putin ya ha comenzado

En Rusia parece haber cambiado la propia composición del aire: la atmósfera se ha enrarecido. Los testimonios llegan desde todas partes. En las redes sociales y en las conversaciones a ambos lados de la frontera abundan, sin pudor, las metáforas grotescas, viscerales y escatológicas. Los empresarios que hasta hace poco se mostraban optimistas se hunden ahora en el pesimismo. Incluso los leales al régimen se quejan de las prohibiciones y de la represión.

Por todas partes reina un pequeño caos administrativo que roza el ridículo. El ensayo de la directora del canal oficialista RT aparece de repente entre los candidatos a un premio literario, cuando la lista oficial ya se había publicado. Al genial cineasta Alexander Sokúrov, en cambio, lo invitan al Festival de Moscú para recibir un galardón y se lo niegan en el último momento. Los clásicos de la literatura aparecen con advertencias amenazantes que los equiparan visualmente con las obras de «agentes extranjeros». Los organismos oficiales publican en internet sus planes de defensa y revelan que la estrategia contra los drones enemigos se prolongará hasta 2030. Y Gente Nueva (Nóvye Liudi), un partido creado a toda prisa por la Administración Presidencial, adelanta a formaciones mucho más veteranas de la Duma por una sencilla razón: parece un poco menos desquiciado que las demás.

Los propagandistas que hace tres o cuatro años celebraban su victoria –incluso sobre sus propios conocidos– reconsideran ahora sus posiciones en entrevistas y videomensajes. La «campana del Zar» de la televisión del Kremlin –Vladímir Soloviov– ha tenido incluso que disculparse, a regañadientes, con una modelo de Instagram, una red social prohibida en Rusia.

El desfile encogido

En un mensaje, la modelo e influencer Viktoria Bonya aseguró conocer los problemas del país mejor que el propio presidente, y nadie pareció ponerlo en duda. Desde luego que los conoce mejor.

En Moscú, el tradicional desfile del Día de la Victoria, que otros años obligaba a cortar el centro de la ciudad con dos semanas de antelación, quedó esta vez reducido a una pequeña marcha a pie, con poco personal y sin vehículos militares. Casi una versión en miniatura del gran despliegue de otros años. De haber podido, lo habrían organizado sobre una mesa, con soldados y tanques de juguete. 

El blindaje pesado ha dejado de ser un arma temible para convertirse en un blanco vulnerable, no solo en los desfiles, sino también en el frente. Los corresponsales de guerra recaudan fondos para comprar patinetes eléctricos y cubren las furgonetas «bujanka» con cajas de plástico vacías, pero nada de eso lucía demasiado en el Día de la Victoria. Siempre quedaba sacar los misiles nucleares, la última baza disponible, aunque tampoco sucedió.

El trasfondo de todo esto es, ante todo, el miedo. Pero también una grieta simbólica entre la celebración oficial y la realidad. Todos en Rusia saben que a los vencedores no se les juzga. Por tanto, a quienes no vencen sí se les puede pedir cuentas. Y ese es el juicio implícito que ya ha comenzado contra Vladímir Putin.

El líder que empieza a pesar

Asistimos a tres procesos que convergen: el cambio en la percepción pública de Putin; el fin del optimismo económico y del patriotismo cotidiano que lo acompañaba –aquel que se conformaba con celebrar la mera supervivencia en lugar del progreso («al menos seguimos vivos»)–; y, finalmente, la creciente convicción entre los rusos de que esta guerra no se puede ganar.

El umbral simbólico de los 1.418 días –la duración exacta de la Gran Guerra Patria– ha resultado nefasto. El propio régimen ruso cayó en una trampa cronológica al equiparar a sus adversarios con los nazis y poner a sus mercenarios a la altura de los soldados del Ejército Rojo. A estas alturas, las explicaciones sobre la «naturaleza distinta del conflicto» ya no surten efecto.

Toda la maquinaria del Estado –los medios de comunicación, el Gobierno, el Parlamento, la Iglesia y los servicios secretos– continúa volcada en una misma tarea: encubrir el garrafal error que Putin cometió en 2022. Sin embargo, el empeño resulta cada vez menos convincente.

Putin está perdiendo su aura sobrehumana. Aunque conserva un poder absoluto e incontestado, la magia del mando se disipa. Su figura real queda al desnudo: cada vez más gente ve en él a un anciano encorvado, de movimientos inquietos, piernas frágiles y musculatura atrofiada bajo un traje holgado. Aquel Putin de antes de la guerra, con el torso desnudo a lomos de un caballo negro, resulta hoy inimaginable. El mito se ha consumido.

El abuelo del Kremlin

Al mismo tiempo que su aspecto físico, su discurso ha perdido majestuosidad. Las frases que antaño sonaban tajantes y amenazantes se han vuelto ambiguas, confusas, interminables y, a veces, carentes de sentido. A menudo se desvía por completo del tema. Como el típico abuelo de barrio, sienta cátedra sobre política, historia o las facturas de los suministros, pero le cuesta hilar una idea. Se pierde en digresiones improvisadas y llega a inventar episodios inverosímiles, como el de los soldados alemanes a quienes nadie tejía calcetines en la retaguardia. O habla de los «agentes extranjeros» asegurando que no corren ningún peligro y que solo se les exige revelar sus fuentes de financiación, pese a que él mismo había firmado poco antes una ley que decía algo muy distinto y a que la realidad demuestra lo contrario.

Putin ya no encarna al superhombre que defiende los intereses de la gente corriente: teme a los drones y a internet mucho más que el ciudadano de a pie. Se muestra desorientado y ya no consigue infundir confianza ni siquiera entre las élites gobernantes. Ha dejado de ser el garante del sistema para convertirse en un estorbo.

El ambiente en 2026 es radicalmente distinto al de hace apenas un año. La sociedad rusa parece haber completado un ciclo: del pesimismo que siguió al inicio de la guerra pasó a la euforia de haber sobrevivido, para desembocar ahora en una nueva etapa de dudas e incertidumbre. Incluso varios índices oficiales de aprobación de Putin han sufrido un acusado desgaste.

A partir del verano de 2022, los rusos fueron acostumbrándose poco a poco a la guerra. En 2024 se consolidó ese «patriotismo cotidiano»: tras el impacto inicial del conflicto, la movilización, la marcha de las marcas internacionales, el éxodo de amigos y figuras públicas, la ola represiva y el motín de Prigozhin, sobre los escombros de la antigua vida surgió una nueva sensación de bienestar. Con ella llegaron una frágil tranquilidad e incluso cierto optimismo.

El bienestar de los escombros

Se comprobó que aislar a Rusia de la economía mundial no era tan sencillo. La ofensiva militar había fracasado en su intento de guerra relámpago, pero Rusia logró estabilizar el frente y lanzar contraofensivas. El rublo no se desplomó, el Estado no cerró las fronteras ni congeló los depósitos bancarios. La producción industrial, el empleo y los salarios evolucionaron mucho mejor de lo que se había pronosticado al comienzo de la guerra. El Sur Global no dio la espalda a Rusia y el diálogo con Trump devolvió al país a la primera línea de la diplomacia internacional.

El régimen logró imponer la idea de que todos viajaban en el mismo barco y que se salvarían o se hundirían juntos: al fin y al cabo, no se puede hundir el puente de mando sin llevarse por delante toda la nave. La distancia entre el discurso político dentro y fuera de Rusia –algo natural en un clima de represión– se convirtió en un abismo difícil de encontrar incluso en otras dictaduras. Para muchos rusos contrarios a la guerra que permanecieron en el país, la idea de que los exiliados carecían de futuro e incluso de presente político dejó de ser una hipótesis discutible para convertirse en un axioma.

Mientras los «patriotas radicales» exigían redoblar el esfuerzo bélico, el patriotismo cotidiano celebraba algo mucho más sencillo: poder seguir viviendo como antes pese a la guerra. Incluso entre quienes rechazaban el conflicto, la resistencia de la economía se convirtió en motivo de orgullo. Surgió así un terreno común entre partidarios y detractores de la guerra. Ahora, ese consenso ha saltado por los aires.

El pacto roto

Al desencadenar la invasión a gran escala de Ucrania, el régimen ruso rompió el pacto que mantenía con sus ciudadanos, pero no tardó en ofrecerles otro: se podía vivir al margen de la guerra, pero no estar en contra de ella. A quienes aceptaron el trato, el poder les garantizó un estilo de vida lo más parecido posible al anterior al conflicto. Ni siquiera se les exigía un apoyo explícito.

La inmensa mayoría asumió el trato: algunos por falta de alternativas; otros, por pura indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Resultan reveladoras las quejas de quienes, en 2022, arremetían contra las empresas occidentales que abandonaban Rusia y culpaban a Occidente de alterar su vida cotidiana.

En lo que llevamos de 2026, el régimen ha roto, una tras otra, las reglas de aquel pacto. Esta vez, además, las molestias no vienen del exterior, sino de las instituciones públicas, algo que no ha pasado desapercibido. La sociedad había aceptado ignorar la guerra, pero no convertirse en blanco de nuevas prohibiciones y medidas punitivas. La sensación generalizada es de engaño y traición.

Al imponer el servicio de mensajería Max en sustitución de las plataformas habituales, el Estado ha lanzado una nueva ofensiva interna: ha invadido la privacidad de los ciudadanos y se ha entrometido en sus círculos más íntimos –compañeros de trabajo, vecinos y familiares–. El argumento oficial contra las aplicaciones extranjeras es que escapan al control de las autoridades, lo que equivale a admitir que la alternativa nacional está, por definición, abierta a la vigilancia del Estado. Esto resulta especialmente delicado en las sociedades no libres, donde la vida privada se convierte en el último refugio cuando el Estado ya ha acaparado todo el espacio público.

Internet también era la casa

Las aplicaciones de mensajería son además el lugar donde muchos particulares acuerdan trabajos y servicios remunerados. El temor a que el Estado quiera controlar y gravar esos intercambios se ha visto alimentado por el endurecimiento fiscal de este año, desde la subida del IVA del 20% al 22% hasta la obligación de los bancos de identificar fiscalmente a quienes realizan transferencias a través del móvil. Aunque las cifras oficiales sitúan la inflación en torno al 6%, la percepción del coste de la vida es muy distinta: se mide en la cuenta del supermercado y del restaurante, no en los informes del Banco Central.

El país parecía capaz de soportar el gasto de la guerra, pero la economía empieza a mostrar el mismo cambio de tendencia que la opinión pública. El crecimiento impulsado por el sector militar ya no se traduce en mayores ingresos ni en nuevas oportunidades. El año trajo consigo los primeros recortes presupuestarios en una década, lo que ha obligado a apretarse el cinturón en prácticamente todos los ámbitos.

El tono de la última reunión económica presidida por Putin fue muy distinto al de sus anteriores encuentros con el Gobierno. Los responsables de las finanzas públicas, que hasta hace poco parecían mucho más seguros que los mandos militares, empiezan a conocer las mismas frustraciones que los generales. 

Tras el regreso de Putin al Kremlin en 2012, muchos confiaban en que el presidente pondría freno a las iniciativas más disparatadas de la burocracia para preservar su imagen de gobernante pragmático. Las recientes restricciones en internet han despertado esperanzas similares. Una vez más, han resultado infundadas.

Cuando el pueblo sabe más que el jefe

La intervención pública de Viktoria Bonya ha marcado un punto de inflexión. En primer lugar, porque se dirigió directamente a Putin, y no a organismos como Roskomnadzor, señalando así al presidente como responsable de los problemas.

En segundo lugar, toda la narrativa oficial de la guerra se basaba en una premisa: el jefe del Estado sabe más que los demás y conoce de antemano todas las amenazas. Bonya invierte por completo esa lógica: ahora es la gente quien sabe lo que ocurre, mientras el presidente parece ignorarlo, ya se trate de internet, del sector ganadero o de la situación en Tuapsé.

De ahí surge una sospecha: quizá Putin tampoco conozca la realidad de la guerra, del mismo modo que la desconocía cuando decidió iniciarla. Es el dilema clásico del autócrata: al cortar el flujo de información de los demás, acaba encerrado en su propia burbuja, al más puro estilo de Salazar.

Mientras tanto, Vladímir Putin ha dejado claro que las restricciones cuentan con su aprobación personal. El tenso diálogo mantenido con una operadora de comunicaciones militares durante un acto oficial evocó, por el nivel de presión ejercido, el intercambio con Serguéi Naryshkin en el Consejo de Seguridad antes del inicio de la invasión. Putin forzó a su interlocutora a admitir que Telegram supone una amenaza para las fuerzas armadas.  Y, sobre los bloqueos de internet, insistió: «La prioridad absoluta es garantizar la seguridad de los ciudadanos».

Dejen internet en paz

El líder ruso pretende imponer de nuevo el clásico dilema autoritario que exige renunciar a la libertad a cambio de seguridad, pero el recurso ha dejado de funcionar. La gente lo expresa con crudeza: «Aceptamos los drones, pero dejad internet en paz». Y ahí queda al descubierto la contradicción: si los ciudadanos están dispuestos a asumir los riesgos que conlleva ejercer sus derechos, ¿de quién es la seguridad que se pretende proteger? Se les pide que sacrifiquen su libertad para garantizar la tranquilidad del líder.

Se afianza la convicción de que estas decisiones no van dirigidas contra el enemigo exterior, sino «contra la propia población». Al comienzo de la guerra, los comentarios en los perfiles oficiales aplaudían los castigos. Hoy, las nuevas iniciativas para perseguir a los «traidores» se reciben con apatía y sarcasmo: «Parece que no hay otros problemas en el país».

Las líneas rojas características de los regímenes autoritarios suelen definirse en términos de libertad negativa: que la cúpula actúe a su antojo siempre que no interfiera en la vida personal. El límite se sitúa justamente en el umbral del domicilio y en la esfera íntima. Ese viejo pacto –pasividad política a cambio de autonomía personal– ha dejado de funcionar en la Rusia actual.

La Unión Soviética atravesó una experiencia parecida cuando Yuri Andrópov, incapaz de abastecer los comercios, pretendió sancionar el ausentismo laboral de quienes salían a comprar en horario de trabajo. Después llegó la campaña antialcohol de Mijaíl Gorbachov. Y, más recientemente, las restricciones de la pandemia demostraron que ni siquiera un peligro real bastaba para que la población aceptara limitaciones colectivas de gran alcance

La grieta en palacio

Las declaraciones de Viktoria Bonya provocaron una fractura pública entre las élites. Parte de la burocracia civil intentó aprovechar el momento para frenar la escalada de prohibiciones. Peskov confirmó que el Kremlin conocía el mensaje, mientras Serguéi Novikov, subordinado de Kiriyenko, llegó a afirmar que «en la Rusia actual resulta imposible prohibir nada». Los responsables de los medios estatales incluso obligaron al belicista Soloviov a rebajar el tono y buscar un entendimiento.

El propio Putin llegó a cuestionar, aunque con cautela, el exceso de bloqueos. Primero pidió a los organismos oficiales que explicaran mejor sus decisiones a la ciudadanía y después instó a «no obsesionarse con las prohibiciones».

Lo insólito no es solo que el régimen responda a una demanda popular, sino también que el propio Putin lance advertencias veladas a los servicios de inteligencia, a los que habitualmente ampara de manera incondicional.

El episodio parece una victoria de la burocracia civil, aunque probablemente sea solo una tregua ante la proximidad de las elecciones parlamentarias del 18 al 20 de septiembre. Al frente de un régimen cada vez más inestable, Putin intenta recuperar el equilibrio antes de las urnas, pero los servicios de seguridad ya han empezado a actuar contra personas del entorno de Kiriyenko. Sin victorias decisivas en el frente, la respuesta seguirá siendo la misma: más control dentro de Rusia. La deriva represiva del régimen en tiempos de guerra parece irreversible, mientras el Kremlin sigue sin encontrar una salida al conflicto.

El miedo manda

Aunque los verdaderos responsables del cambio de ánimo no son los servicios secretos, ni los blogueros críticos, ni los sectores pragmáticos del aparato estatal. Ha sido el ejército ucraniano el que ha obligado al Kremlin a romper su pacto con esa mayoría silenciosa que estaba dispuesta a vivir de espaldas a la guerra. Y la capacidad de Ucrania para atacar objetivos en lo más profundo del territorio ruso ha hecho que el asesinato de Alí Jamenei en febrero de 2026 adquiera un significado especialmente inquietante.

Los ataques ucranianos golpean instalaciones petroleras, depósitos y centros logísticos en buena parte de Rusia. Aunque ni las exportaciones de crudo ni la producción militar se han hundido, las llamaradas que se divisan desde Ust-Luga hasta Tuapsé transmiten la sensación de que nadie está a salvo de los ataques. Y la certeza de que el golpe puede llegar en cualquier momento tiene un efecto psicológico mayor que la gravedad del propio daño.

La resistencia ucraniana, unida a la evolución del armamento moderno, ha llevado la guerra a un estancamiento estratégico y ha convertido el frente en un territorio letal. Hasta los comentaristas militares han dejado de reclamar movilizaciones masivas, conscientes de que los drones solo multiplicarían las bajas. Se repite así el escenario de la Primera Guerra Mundial, cuando nuevas tecnologías –entonces, las ametralladoras y el alambre de espino– dejaron obsoletas las viejas doctrinas ofensivas.

La guerra que no se deja ganar

La resistencia de la población civil ucraniana, especialmente durante los meses de invierno, frustró los cálculos de Moscú de quebrar la voluntad del país lejos del frente. Aunque la relación de los ucranianos con sus gobernantes nunca ha estado exenta de tensiones, la población no optó por derrocar a Volodímir Zelenski, sino por equiparse con generadores eléctricos.

Las previsiones de Moscú de que las economías occidentales serían las primeras en ceder tampoco se han cumplido. El terreno en el que Rusia pretendía demostrar su fortaleza –su poderío militar y la solidez de sus finanzas– ha terminado por dejar al descubierto sus debilidades. El miedo se ha convertido en el principal motor del régimen. Perdidos el prestigio y la capacidad de fascinación, al poder solo le queda recurrir a la fuerza. De ahí el creciente protagonismo de los servicios de inteligencia.

El estallido de la guerra a gran escala en 2022 obligó a los distintos grupos de poder a cerrar filas para garantizar su supervivencia. Hoy, la incertidumbre sobre el desenlace de la guerra empieza a abrir grietas en el propio régimen: todo el edificio se tambalea. Incluso si logra mantenerse en pie, la arquitectura del poder ya no volverá a ser la misma.

Quienes han visto terminar otras etapas políticas reconocen esa atmósfera inconfundible de agotamiento: el momento en que el viejo poder todavía no ha desaparecido, pero ya ha dejado de parecer natural e inevitable.

Ya nadie busca cobijo bajo su sombra ni recurre a él como fuente de legitimidad. El poder, por su parte, se apresura a demostrar que aún conserva el control. Se precipita, comete errores y alterna avances y retrocesos, como un vehículo atrapado en el barro.

Las instituciones siguen formalmente intactas, pero algo ha cambiado en la percepción colectiva: la gente siente que «ya no es lo mismo». Ese cambio de ánimo abre la puerta a desenlaces inesperados, tan sugerentes como inciertos. La literatura rusa del siglo pasado dedicó páginas memorables a momentos como este. Es muy posible que la del siglo XXI vuelva a hacerlo.

Alexander Baunov es politólogo ruso e investigador sénior del think tank Carnegie Russia Eurasia Center, con sede en Berlín.